SEMANARIO

Las huelgas Robin Hood y la estrategia obrera

Lucho Aguilar

Francia

Del caso de los obreros franceses que electrifican el país con sus huelgas al triste papel de los “Hood Robin” ante los tarifazos en Argentina. Un debate sobre las “posiciones estratégicas”.


Como Robin Hood: trabajadores franceses a favor de los usuarios - YouTube

En una casa de los bainleues, los suburbios franceses, una pareja de abuelos sonríe; sus rostros acaban de ser iluminados por la lámpara que se enciende tras dos semanas a vela. En la comuna de La Courneuve, una mujer mira desconfiada el aparato de radio que le cuenta que por una huelga no se mediría el consumo eléctrico de miles de hogares. Dentro de una oficina, a pesar del aire acondicionado al máximo, un gerente de Carrefour transpira y azota el diario contra la mesa: “¿cómo que nos van a cortar la luz si despedimos empleados?”.

Detrás de esas escenas, que deciden luces y penumbras, están los nuevos “Robin Hood”. Así bautizaron en Francia a los trabajadores del sindicato de minas y energía. La referencia es clara: recuerda a aquel héroe de las leyendas inglesas que le quitaba a los ricos para repartir entre los pobres.

Son los hombres (y mujeres) que manejan las palancas de las distribuidoras de energía, centrales térmicas y de gas. Y de tanto en tanto electrifican al país con sus huelgas. O lo dejan a oscuras…

La “leyenda” nació un junio de 2004, en la lucha contra la reforma del estatuto de las empresas públicas de energía impulsado por el entonces ministro Sarkozy. Decidieron reconectar la electricidad a familias que no habían podido pagar, beneficiar a barrios populares u hospitales públicos con tarifas más baratas, cortar la electricidad en los domicilios de ministros o diputados favorables a esa ley.

En junio también, pero de 2016, Francia se conmovió por otra oleada de movilizaciones y huelgas de obreros y estudiantes. Rechazaban la Ley Khomri, que precarizaba (aún más) las condiciones laborales. Encabezados por los trabajadores de Electricité de France, los “Robin Hood” volvían a tomar medidas favorables a los usuarios populares y dejaban sin luz actos de gobierno. Hollande adelantó a los gobiernos vecinos que podría necesitar importar energía.

2018. Emmanuel Macron impulsa una serie de “contrarreformas” y ajustes que durante un año no habían enfrentado mayor resistencia. Pero la durísima huelga de los ferroviarios y la toma de universidades abrieron paso a la “primavera del descontento”. Y los Robin Hood volvieron a sus andanzas. En defensa del servicio público y sus derechos, los trabajadores de Minas y Energía (CGT) se sumaron a las medidas programadas entre la huelga del pasado 19 de abril al 28 de junio. Sébastien Menesplier, su principal referente, resumió los motivos:

La energía no es una mercancía, es un bien vital, por lo que todos deberían tener acceso a energía, agua o salud. Iremos a ver a las familias que están privadas de energía por facturas impagas y darles gas o electricidad. Los recortes selectivos se destinarán a empresas que descarten o penalicen la acción sindical.

Carrefour, que viene atacando a sus trabajadores en todo el mundo, quedó primero en la lista.
A 50 años del Mayo Francés, el fantasma de las huelgas de obreros y estudiantes recorre el país.

Entre las posiciones estratégicas y la huelga metropolitana

Para pensar los alcances de las huelgas Robin Hood vale tomar el aporte de John Womack, un investigador norteamericano de historia obrera. “Posiciones estratégicas –dice– son aquellas que les permiten a algunos obreros detener la producción de muchos otros, ya sea dentro de una empresa o en toda la economía” [1].

Entonces Womack recorre distintos casos donde trabajadores conscientes de sus posiciones estratégicas las utilizan en sus conflictos contra el capital. Desde los portuarios de Veracruz (México) y los camioneros de Los Ángeles (EE. UU.) hasta los de Luz y Fuerza (Argentina). Menos son los ejemplos de sectores que utilizan ese poder para tender un puente hacia los usuarios populares, como los electricistas franceses, o ahora mismo en Argentina los trabajadores del Subte, que abren molinetes en defensa de su sindicato y el salario pero también contra el tarifazo.

La cuestión ha atravesado al movimiento obrero y el marxismo desde hace por lo menos un siglo. Pero en las últimas décadas se ha hecho más vital. Hemos visto el desarrollo de ciudades cada vez más grandes, combinada con la expansión de grandes empresas de servicios de las que depende la economía capitalista. Su funcionamiento se torna cada vez más dependiente del transporte "a tiempo" de mercancías y personas, de múltiples fuentes de energía y telecomunicaciones [2].

Con este proceso el capitalismo también ha fortalecido, por decirlo de alguna manera, a sus sepultureros. En los últimos años hemos visto combates de los trabajadores de los grandes servicios urbanos, como la histórica huelga francesa de 1995, que conmovieron el corazón de los centros imperialistas. A partir de ese fenómeno se comenzó a hablar de la “huelga metropolitana”, “un conflicto de toda la ciudad”.

Pero así como este fenómeno demuestra que se ha reforzado el valor de esas posiciones estratégicas que los trabajadores pueden utilizar en su favor, también es importante prestar atención a los problemas y debates que se abren.

Entre la burocracia y el corporativismo

Uno de ellos es el que plantea el libro Estrategia socialista y arte militar, de Emilio Albamonte y Matías Maiello [3]. Refiriéndose a los sectores que poseen posiciones estratégicas, advierte que

… por su poder de fuego, también son capaces de obtener concesiones de parte de la burguesía. Este corporativismo es el fundamento más estable –más allá de la compra directa o corrupción de los dirigentes– de la fragmentación y diferenciación social del proletariado con la que opera la burocracia sindical. Del otro lado quedan los sectores de la clase que no detentan posiciones estratégicas, que por un lado tienen menos capacidad de organización y negociación, pero por otro pueden ser más explosivos. Esta división es justamente la negación de la fuerza obrera.

Más allá de las perspectivas inmediatas de la lucha contra los planes de Macron, ¿el poder de los métodos Robin Hood, las movilizaciones generales y la unidad con los estudiantes serán utilizados para presionar por un nuevo acuerdo con el Estado y las patronales, como plantean la mayoría de las cúpulas sindicales? ¿O para desafiar todo el del plan de guerra de los capitalistas? ¿Puede triunfar una estrategia obrera que no utilice esas “posiciones estratégicas” para intentar unir a toda la clase trabajadora, desde los efectivos a los tercerizados llegando a los miles de jóvenes precarios e inmigrantes? ¿Puede triunfar si no utilizan ese enorme poder para que los trabajadores encabecen una alianza con millones de usuarios populares?

Los capitalistas siempre han sido conscientes de sus peligros. Si los trabajadores de los transportes y servicios dieron históricas luchas en nuestro país, hoy las cúpulas de esos gremios se han convertido en las más poderosas burocracias del movimiento obrero. Los Pereyra (petróleo), los Fernández (colectivos), los Mangone (gas), los herederos de Lescano (electricidad) o Pedraza (ferrocarriles). El tarifazo en la energía y el transporte que hoy azota a millones en la Argentina es el ejemplo más claro. Al contrario de los trabajadores eléctricos franceses, son unos auténticos “Hood Robin”: socios menores del tarifazo y del lucro con los servicios básicos para la población. Al contrario de otro de los hitos de la “primavera del descontento”, la huelga de los inmigrantes tercerizados de limpieza que conquistaron un convenio ferroviario apoyados por los efectivos, la burocracia sindical es fanática de la división de las filas obreras.

Una estrategia para vencer

El análisis de las huelgas de masas de principios del siglo XX y las nuevas condiciones para pensar la estrategia obrera cruzó los debates estratégicos de la Internacional.

Rosa Luxemburgo será una de las primeras en destacar el papel de las posiciones estratégicas, tomando los casos de los mineros del Ruhr o los ferroviarios de Rostov para pensar la transformación de las huelgas en huelga general. A Rosa le preocupaba cómo esas posiciones y métodos permitían sumar a los sectores más explotados y desorganizados de la clase trabajadora, y cómo la acción de la socialdemocracia alemana debería contribuir activamente a ello.

Lenin irá un paso más allá. Para enfrentar la fuerza material de la burocracia había que preparar una fuerza material que fuera en el sentido contrario. Su propuesta: “desarrollar corrientes revolucionarias dentro de los sindicatos”.

Para ambos, el valor de las posiciones estratégicas era solo un punto de partida. Como se plantea en Estrategia socialista y arte militar,

… es en el contrapunto entre lucha sindical y lucha política, entre sectores organizados y desorganizados, entre la acción de masas y sus direcciones, donde se juega el valor concreto de las posiciones estratégicas y en definitiva, de la fuerza obrera en su conjunto, es decir su fuerza estratégica propiamente dicha.

La pura posición estratégica, enfrentada al impulso de los propios trabajadores y la perspectiva política, incapaz de sumar nuevos sectores a la lucha, puede convertir a la fuerza obrera en su contrario. Como hace la burocracia sindical. O las corrientes sindicalistas, por más honestas que sean.

Por eso toda perspectiva revolucionaria deberá plantearse dos tareas fundamentales. Por un lado, lo que llamamos frente único obrero: la necesidad de unificar a la clase obrera en su lucha contra el capital, lo cual implica exigencias pero al mismo tiempo una dura lucha contra la burocracia sindical, con el objetivo de ganar a la mayoría de los trabajadores para la revolución a través de la experiencia con aquellas direcciones tradicionales. La otra, la conquista de aliados, como en este caso los usuarios populares o los movimientos “sociales” que han surgido en las últimas décadas, a partir de tomar sus reivindicaciones pero también enfrentando a sus direcciones tradicionales. Lo que llamamos hegemonía.

En aquellos años, mientras se desarrollaban esos debates, la clase obrera daría una primera respuesta. Los soviets y consejos de fábrica permitirían unir a la mayoría de la clase obrera y acaudillar la alianza con el resto de los sectores populares. Pero, como resume el libro mencionado, el trabajo paciente por crear corrientes revolucionarias dentro de los sindicatos, la pelea incesante por unir a la clase trabajadora y forjar una alianza con el pueblo, la capacidad “no solo de acumular fuerzas sino de concentrarlas en el punto decisivo”, no caen del cielo. Estas, y muchas otras cuestiones, “son parte del trabajo de la estrategia”.

Para ese “trabajo”, como han demostrado las grandes batallas obreras y revoluciones, es necesario un partido revolucionario. Una organización dotada de un programa y una estrategia capaz de conducir a los “Robin Hood” al gobierno obrero que “ilumine los rostros de millones” terminando con ese sistema de explotación y miseria.

NOTAS AL PIE

[1Posición estratégica y fuerza obrera. Hacia una nueva historia de los movimientos obreros, México, FCE, 2017.

[2Emilio Albamonte y Fredy Lizarrague, “Vías de recomposición del movimiento obrero”, La Verdad Obrera 159, 17/03/2005.

[3Buenos Aires, IPS-CEIP, 2017.
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Lucho Aguilar

@lukoaguilar
Nacido en Entre Ríos en 1975. Es periodista. Miembro del Partido de los Trabajadores Socialistas desde 2001. Editor general de la sección Mundo Obrero de La Izquierda Diario, ha sido codirector del semanario impreso del PTS hasta 2017.
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